Discurso de D.ª Ana Alcolea, nombrada Alumna Distinguida (26 de abril de 2019)

Última modificación: 29/04/2019 - 17:28

29/04/2019

ALOCUCIÓN DÍA DE SAN ISIDORO DE SEVILLA

ANA ALCOLEA

26 de abril de 2019

Rector Magnífico, Sra. Consejera, Sr. Decano, Autoridades, Profesores, amigos amantes de las Letras aquí presentes, buenos días.

Se me otorga hoy el honor de ser nombrada ALUMNA DISTINGUIDA de la Facultad de Filosofía y Letras en la que estudié durante cinco años. Doy las gracias por este honor al Comité que ha tenido a bien concederme este regalo, tan inmerecido como agradecido, en este día que se celebra a San Isidoro de Sevilla, gracias a quien nos fueron transmitidos muchos de los saberes del mundo antiguo, esos saberes que forman las bases culturales en las que nos asentamos.

Cinco años, que no fueron ni largos ni cortos, rodeada de libros, de paredes algunas de las cuales hoy ya no están, de bibliotecas que cambiaron de lugar, pero no de oficio. Tardes de estudio y aprendizaje en el Departamento de Gramática Histórica, colaborando en los estudios del profesor Tomás Buesa, en el de Literatura, incluso en el de latín. Íbamos a estudiar, a aprender, sí, pero también a hablar de cosas más frívolas que las declinaciones, el Poema de Mío Cid, o la evolución de la yod a lo largo de los siglos. Nos enamorábamos de los profesores y de los becarios.

Yo iba a clase casi siempre vestida con un chándal y con zapatillas. Aquel fue mi uniforme durante mis cinco años universitarios. Compraba mis libros y mi ropa con el dinero que ganaba ejerciendo de entrenadora de Gimnasia Rítmica. No siempre tenía tiempo de cambiarme de ropa antes de mis clases en un colegio del Actur, cuando en el Actur no había nada más que dos colegios y mucho viento que levantaba la tierra del suelo y la metía en mis ojos y en mi pelo. Yo era la chica del chándal, la que salía cinco minutos antes de que terminaran las clases de Literatura renacentista en el Aula Magna dos, con la profesora María Teresa Cacho, a la que miraba con pena porque tenía que dejar de escuchar sus sabias palabras. Tardes en la Biblioteca del viejo seminario de San Carlos para investigar sobre el manuscrito con los Romances de Luis de Góngora que se conserva allí. Un trabajo que se publicó en Logroño cuando todavía era estudiante. Aquella fue mi primera publicación. Esa y un dibujo basado en la Victoria de Samotracia que se publicó en la revista de la Facultad que dirigía el profesor Alberto Montaner Frutos cuando todavía era alumno.

La chica del chándal a veces subía en el ascensor porque estaba demasiado cansada por las tardes después de cuatro clases en la facultad, de una carrera en taxi hasta el lejano colegio, de dos horas de entrenamiento y de comer en quince minutos en un comedor con cientos de niñas de todas las edades imaginables, y de una vuelta en un autobús de ruta con otro montón de niñas igualmente ruidosas. En el ascensor coincidía a veces con un profesor que ya no está con nosotros, pero que legó al Museo de Zaragoza su magnífica colección oriental: el profesor Federico Torralba, ya anciano, también cogía el ascensor. Su amable sonrisa y sus canas me decían que el tiempo no quita las ganas de aprender y de enseñar.

Porque yo aprendí mucho entre las paredes de nuestra Facultad. Mucho. Hice amigos. Algunos duran hasta hoy, algunos incluso están aquí. Otros desaparecieron de mi vida, con más pena que gloria en algún caso. Aprendí mucho de casi todos mis profesores: sus palabras me abrieron muchos caminos a mundos que desconocía. Me introdujeron en la madriguera que lleva a ese país de las maravillas que es la literatura, y también la historia de la lengua. Como una Alicia en chándal fui descubriendo los arcanos de las palabras que habían escrito los más grandes: Cervantes, Shakespeare, Garcilaso, Quevedo, Calderón, Góngora, Gerardo Diego. Falté a pocas clases, y visité como oyente algunas de las lecciones siempre magistrales de María Antonia Martín Zorraquino.

Descubrí autores cuya existencia desconocía, como a Ciro Alegría, de cuya obra supe gracias a las clases de José María Enguita; o a los Novísimos, de los que nos habló Túa Blesa, que nos presentó la “Oda a  Venecia ante el mar de los teatros”, de Pere Gimferrer, un poema que amo y que subyace en algunos de mis libros y en la propia Venecia, que sin duda sería muy diferente sin ese poema. O cuando Agustín Sánchez Vidal, entonces solo mi profesor, hoy admirado y querido amigo escritor, nos hizo investigar, por ejemplo, sobre el poeta Juan Meléndez Valdés, o cuando el profesor José Carlos Mainer, cuyos talante y fama me sobrecogían y me sobrecogen, explicó a Pérez de Ayala. Recuerdo el examen en el que nos preguntó: “Ética y estética en Troteras y danzaderas de Ramón Pérez de Ayala”, y recuerdo también el último examen de su asignatura que fue también el último de la carrera. Antes de comenzar, nos dijo que éramos la mejor promoción con la que se había encontrado jamás. No sé si todavía firmaría aquella sentencia. Han pasado muchos años…

Pero es verdad que hoy hay varios profesores de la Universidad que fueron compañeros de mi promoción: Marisa Arnal, María Ángeles Naval, Alfredo Saldaña, Enrique Serrano,  José Vela, Pilar Vicente. Y hay varios escritores con los que también tuve el gozo de compartir aulas: Cristina Grande, Javier Sebastián, de nuevo Alfredo Saldaña y  Manuel Vilas. Todos ellos, todos mis admirados compañeros de promoción merecen esta distinción con la que se me honra hoy, más o al menos igual que yo. Y a ellos les dedico este galardón tan especial.

Fuimos muchos los que entramos en la Facultad y nos enamoramos de las palabras, de sus significantes y de sus significados. Era fácil. Nos lo pusieron muy fácil, porque tuvimos profesores que amaban a las palabras y que nos transmitían su entusiasmo y su sabiduría. Nos hacían trabajar. Y leer mucho. Y nosotros siempre pensábamos que no habíamos leído lo suficiente, que no habíamos investigado lo suficiente porque tal vez queríamos parecernos a ellos, tarea imposible donde las hubiere. Era imposible llegarle siquiera a la suela del zapato a Aurora Egido de quien tanto aprendimos sobre Calderón, sobre El Quijote. Recuerdo bien nuestro primer examen con ella:  “Ficción y realidad en El Quijote”, y un comentario del soneto de Góngora “Mientras por competir por tu cabello, oro bruñido, el sol relumbra en vano”; o a Salvador Gutiérrez, que llenaba la pizarra de lo que parecían fórmulas matemáticas que nos hacían entender sin ninguna duda la evolución del latín hasta llegar al castellano que compartimos. Aurora y Salvador, ambos miembros hoy de la Real Academia Española de la Lengua, y por los que casi todos y todas suspirábamos, y suspiramos, por muy diversas razones. Sabíamos que nunca sabríamos tanto de la Edad Media como María Jesús Lacarra y José Manuel Cacho Blecua, ni del Romanticismo europeo tanto como Leonardo Romero Tovar, que además de sabio, elegía las chaquetas a juego con el color de sus ojos, que tanto nos fascinaban.

Porque nos fascinaban tanto las palabras como quienes las decían. Yo estaba muy agradecida de que gente tan extraordinaria tuviera a bien compartir sus conocimientos conmigo y con los demás compañeros: la mayoría éramos jóvenes de barrios obreros y de pueblos, hijos de agricultores, de guardias civiles, de chapistas, de empleados, de funcionarios, que estudiábamos porque sabíamos que aquella era la única manera que teníamos de poder coger otro ascensor, no el que tomaba yo con el profesor Torralba algunas tardes, sino el ascensor social, el que haría que nuestras manos no se mancharan todos los días al trabajar,  ni de grasa, ni de tierra. Sabíamos que solo estudiando podríamos hacer lo que nuestros padres no habían podido porque la guerra y la posguerra les habían partido por la mitad. Les rompieron un futuro que años después se proyectó en el nuestro. Estudiar era también un acto de amor hacia nuestros antepasados, hacia todos los que no habían podido acceder nunca a la Universidad porque a los de su clase no les correspondía.

Y aquí estoy yo ahora, la hija del chapista que habría estado muy emocionado hoy en esta sala; la chica del chándal enfundada en un vestido de lentejuelas porque hoy tenía que ser así, sin pretender con ello ni estar a la altura de quienes me acompañan ni de la egregia sala que nos acoge.

Todos los que aquí estamos amamos las Humanidades, el Arte, la Filosofía, la Literatura, aquello que nos diferencia de los demás seres vivos. El artista transforma el mundo con su mirada, una mirada que pasa a las manos y a la voz y que convierte cualquier cosa, por baladí que sea, en literatura, en arte. Nada es arte ni literatura en sí mismo. Es el escritor, el pintor, el escultor, el músico, el que crea el arte con su mirada. Y crea algo que es capaz de transformar al espectador, al lector. Somos diferentes después de haber leído un libro, un poema, después de haber visto un cuadro, una película, de haber escuchado una sinfonía, una canción… El Arte nos transforma, igual que nosotros transformamos al objeto artístico, como escribió Proust en uno de sus últimos textos. La obra de arte, el libro, es un espejo en el que nos miramos. Cada uno recibe una imagen diferente en el espejo de las palabras, una imagen que además, cambia a lo largo del tiempo. Le damos lo que somos y por eso recibimos nuevos impulsos cada vez. El espejo nos regala o nos apuñala imágenes distintas con los años. La música nos trae viejos recuerdos de lo que fue y de lo que no fue, los cuadros nos recuerdan momentos vividos o soñados, las palabras nos sumergen en el mundo en el que anidamos día a día.

Y nosotros, los de ahora…, somos lo que somos porque un día, y muchos días, respiramos el aire que se encerraba entre las paredes de la vieja Facultad de Letras. El aire que guardaba el polvo de libros antiguos y de palabras dichas y escuchadas por los desconocidos y desconocidas que nos antecedieron.

Rumor de alas que baten y se baten en el silencio de las salas vacías.

Y entre todos los que nos precedieron, quiero nombrar desde la humildad a dos alumnos de esta casa, tal vez aquellos que amaron a las palabras y a la libertad por encima de todo lo demás: nada menos que José Martí, escritor y líder de la independencia cubana; y sobre todo la mujer que pasó años construyendo el diccionario en el que todos seguimos aprendiendo, María Moliner, que llevó su amor a las palabras hasta los límites, los de su propia casa y su máquina de escribir Olivetti, el mismo modelo que tenía mi madre y en el que aprendí los secretos de los teclados, y hasta las decenas de pueblos de España a los que llevó el tesoro de las palabras en forma de bibliotecas, en aquellas añoradas Misiones Pedagógicas.

Es para mí un honor aceptar el título de “Alumna distinguida” con que me honra mi Facultad, la misma en la que estudió una de las mujeres que más admiro. Ella, María Moliner, será siempre la alumna más distinguida de esta Facultad de Filosofía y Letras.

Y ustedes, jóvenes premiados, alumnos de esta Facultad, no olviden que un día, muchos días, respiraron el mismo aire que ella, que los profesores de los que tanto aprendieron, que los compañeros con quienes tan buenos ratos pasaron. No olviden que no solo estamos hechos de carne y de hueso. Nuestro patrimonio mayor del alma, por parafrasear a Calderón,  son las palabras. Son ellas las que nos hacen cazar ballenas si leemos Moby Dick, comprar almas muertas si leemos a Gogol, bailar con un vestido blanco y llamarnos Natascha si leemos a Tolstoi, ver gigantes donde hay molinos, y morir de amor como Romeo. Son ellas, las palabras, las que nos hacen vivir muchas vidas, y las que nos hacen más libres porque alimentan nuestro pensamiento.

No olviden que la mayoría de sus antepasados habrían dado una mano por saber leer, por poder acercarse a los arcanos de las palabras y del conocimiento tantos siglos vetado a las personas corrientes, como ustedes y como yo.

No olviden que un día estuvieron en esta sala tan llena de Historia y de historias recibiendo un premio por su capacidad de trabajo y su tesón. Por el suyo y por el de todos aquellos que les empujaron a lo largo de su historia, de un modo o de otro, a llegar hasta aquí.

Somos el proyecto de aquellos que nunca sospecharon de nuestra existencia.

Somos palabras en el viento que nos mece en cada instante.

Muchas gracias.

M T W T F S S
 
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